Episodio 1: No los llame ingenuos

Hola Familia

Target 1: cuidemos a los buenos

No tengo ninguna fe en los seres humanos. Creo que las personas somos en esencia malvadas, cuando no directamente estúpidas. La historia no tiene demasiados ejemplos que puedan demostrarnos lo contrario. Y no hace falta que nos vayamos a las grandes tragedias de la humanidad, como la Segunda Guerra Mundial. Basta con viajar hoy a Libia, comprobar la situación de la mujer en muchos países árabes o leer sin caerte de la silla la noticia de que Qatar (que va a organizar el mundial de futbol de 2022) ha sugerido que los homosexuales se abstengan de viajar al país durante el evento deportivo. A lo largo de la historia, hemos conseguido avances sociales, cómo no, pero también hemos sofisticado nuestra forma de manipular e imponernos sobre los otros hasta llegar a este 2011 alienados y aletargados a la hora de rebelarnos ante todo lo que pasa por nuestros ojos. Como dije en el anterior post, estamos desactivados ante la Policía de la Moral, monstruo de múltiples cabezas.

Un historiador italiano, Carlo Maria Cipolla investigó sobre la estupidez humana y en su libro “Allegro ma non troppo” formuló las 5 leyes fundamentales de la estupidez humana, que se pueden resumir en lo siguiente: subestimamos el poder de la estupidez y está en nosotros y en nuestra sociedad mucho más de lo que pensamos; y es peligrosa. Además dividió a las personas en los siguientes grupos:

Y ahí es donde va nuestro primer objetivo. El cuadro superior  izquierdo, los demás cuadros serán objeto de otros targets. Los bondadosos y el absoluto desprecio de la sociedad hacía los actos de bondad per sé, sin beneficio alguno. Para ascender en las empresas, para obtener poder, para destacar sobre los demás se hacen necesarias tácticas agresivas, pisarle el cuello al otro. Palabras como honestidad o principios causan hilaridad no solamente entre los que se aprovechan de los demás, sino también entre los mismos afectados. La competitividad y la economía no dejan hueco a la poesía.

No existimos en tanto personas sino en tanto consumidores. Meros objetos incelulares a los que manipular para gastemos y gastemos y mientras tanto calladitos. Está todo tan medidamente mercantilizado que no hay espacio para más. Y con esta crisis y este paro brutal provocado por la estupidez humana, el cuerpo no nos permite heroicidades y la mayor parte de la veces con intentar llegar a fin de mes ya tenemos bastante. Por cierto, muchos de esos responsables siguen en sus puestos sin haber pedido ni perdón. Estos no son estúpidos, son malvados.

Con todo en contra, ¿tenemos todos un precio? ¿dónde quedan las buenas personas, los del cuadro superior izquierdo? Son los tonticos, ingenuos, idiotas, los llaman, los llamamos (sí, yo alguna vez lo he hecho. Nunca mais). “Así no se va a ningún sitio, así no vas a ser nadie en la vida”. En la primera división juegan los tiburones financieros, los pelotas de oficina o del partido, los listos de la clase, los mamporreros de los que mandan. Con algunas benditas excepciones, los inteligentes. La historia nos ha puesto en un punto donde la hipocresía te lleva más lejos que la integridad. Por ejemplo los que hoy condenan a voz en cuello los crímenes contra la humanidad de Gadafi se hacían la foto con él sonrientes como hienas en 2007. Las ratas son las primeras en abandonar un barco cuando se hunde y leí por ahí que compartimos gran parte de genes con estos bichos. En algo se tenía que notar.

Esta mañana oía que estamos en un cambio de era, las revoluciones en los países árabes nos dan una muestra de esta posibilidad. Iniciativas como Anonymous o  Wikileaks nos sacan un poco del sopor de la política correcta. Qué bueno sería también en abrir un poco los ojos y reivindicar y valorar los actos de bondad que veamos por nuestro barrio, nuestra ciudad, en los foros, periódicos o la tele. Porque escasean tanto que las demostraciones de bondad se convierten en un auténtico espectáculo en sí mismas. Todos conocemos algún caso. No lo despreciemos. Dejaré el nombre de Vicente Ferrer, un HOMBRE con todas las mayúsculas.

Y ya puestos, otro ejemplo: Stephane Hessel, un zagal de 93 años que realizó hace un tiempo un manual para jóvenes rebeldes. “Indignaos!” se llama el librito. Nos insta a rebelarnos ante la indiferencia y la pusilanimidad que demostramos ante las cosas horribles del mundo mediante una insurrección pacífica no violenta.

Dejemos de mirarnos el ombligo, levantemos la cabeza, despertemos del letargo y demos un poco (o mucho) la brasa. La pregunta es: ¿realmente el único objetivo aceptado de forma unánime en la vida es conseguir dinero? ¿Se pueden hacer las cosas de otra manera? ¿EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS?  Que no nos hagan más el timo de la estampita, que nos lo conocemos. Que no cambiaremos el mundo, pero al menos hagamos que los que desprecian la bondad se remuevan inquietos en sus tronos.

Para la semana 2: Sobre cómo los medios de comunicación no hacen nada por nosotros. Insomnia tiene estopa para todos.

y hala, siguiéndonos en twitter!! @noestoydormido

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Un pensamiento en “Episodio 1: No los llame ingenuos

  1. Lo que pienso sobre el ser humano: A diferencia de Fernando Pessoa y Sandro, yo si tengo confianza en el hombre (por ejemplo, cuando escucho a Beethoven), y debilidad por la mujer (cuando la observo a ella de puntillas alcanzar un recuerdo guardado en lo alto del armario del pasillo).
    Lo que pienso sobre la bondad: La bondad no es un atributo humano asociado a ningún gen y por lo tanto no se transmite, sin más, de padres a hijos. La bondad no es un don aleatoriamente distribuido según el criterio de Fortuna, la diosa caprichosa e imprevisible. La bondad no es un instinto de supervivencia, como el altruismo del primer ñu que salta al río de la muerte. La bondad es sencillamente un hermoso acto de egoísmo, una respuesta a un estímulo: la afectividad. Y la afectividad y la bondad se rigen según la ley de contigüidad de Aristóteles: “Cuando dos cosas suelen ocurrir juntas, la aparición de una traerá la otra a la mente (alma)”. Los enemigos de la bondad son la ignorancia, el miedo, el poder y el lado oscuro.
    Lo que pienso sobre la afectividad: La afectividad es algo que se desencadena cuando se recibe una caricia o se provoca un gesto de bondad. Para mí es un misterio; pero por si acaso, cuando mi hijo Pablo me pregunta: _ Papá, ¿cómo puedo hacer para conservar SIEMPRE en el recuerdo el olor de tus abrazos?_, yo le respondo que no depende de nosotros retener un recuerdo, pero que si él ayuda a la gente, si le dedica su tiempo a escucharlos y los acaricia cuando están desconsolados, sentirá como su cuerpo es atravesado por una brisa alegre, un débil cosquilleo que, sin duda, desencadenará el recuerdo de mis abrazos y otros que iran desplazando a los míos. Y como diría Herman Hesse, tengo una fe, una sabiduría o una intuición convertida en instinto, acerca del poder de las caricias.

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