Microcuento10

Érase una vez una persona (no recuerdo si hombre o mujer) que se levantó una mañana, se duchó y desayunó frugalmente. Después se sentó delante del ordenador y durante toda la mañana se dedicó a poner orden en el mundo que le había tocado vivir. Llamó  pederasta a un director de un festival de cine,  puso a parir a todos aquellos, que eran muchos, que tanto le ofendían en las redes sociales, se rio del ingreso en el hospital de un ministro, porque se merecía el dolor.

Luego comió mientras veía  ”los mejores y más espectaculares videos” de un terremoto en país que estaba muy lejos mientras pensaba que algo así hacía falta para limpiar muchas conductas y conciencias sucias.

Por la tarde volvió a conectarse para dar un poco de ejemplo de nuevo a los desviados que hay por ahí. Insultó a los del pueblo de al lado, escribió un montón de comentarios en blogs de gente indeseable, se quejó de la persecución que están sufriendo hombres de verdad. Jaleó todos los titulares de su prensa favorita insultando y vejando a sus enemigos.

Por la noche, el rictus que no abandonó en todo el día  le desencajó la mandíbula, se mordió la lengua y murió envenenado. Solo fue el primero.

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Un pensamiento en “Microcuento10

  1. MICROCUENTO GRIS: Erase un hermoso jardín donde solían jugar los niños de un pueblo civilizado. En una ocasión un niño especial se encontró una semilla, la plantó y al poco surgió una brizna. El niño era feliz en el jardín cuidando de su pequeña planta que se agitaba alegre los días de brisa. Un día llegó un hombre muy amable que acarició la planta y se sentó junto con el niño a hablarle de libertad, amor, justicia… y entonces el niño pensó que estaba aprendiendo el sonido de cosas que ya conocía, de sentimientos cercanos, y decidió escuchar con atención las historias del hombre. El tiempo pasaba fácil: el niño veía crecer su planta mientras escuchaba al hombre que le hablaba con palabras sencillas.

    Un día gris apareció el hombre con el semblante serio repitiendo palabras distintas: miedo, venganza, poder. Eran sentimientos desconocidos que el niño escuchó atentamente, tal Y como se propuso, pese a que detectaba en el hombre una tristeza contenida. Miedo, venganza, poder. Al día siguiente el niño partió hacia la Guerra para proteger su pequeña planta que crecía en el jardín.

    Pasó el tiempo, y el niño se convirtió en un soldado que disparaba sin causa rodeado de desesperación; y la planta, sin el afecto del niño, pronto se convirtió en una trepadora que estranguló todos los arboles del jardín, donde ya no quedaba nada, tan solo la silueta sombría del hombre pensativo y satisfecho.

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