Microcuento 20

Vivía en una ciudad llena de gente. Con el paso del tiempo ví cómo los ricos tenían mejores casas, mejores coches y también observé cómo crecía el número de personas que buscaban algo, no se qué, entre los contenedores de la basura.

Los periodistas daban noticias de record de beneficios de las grandes empresas y de despidos masivos. Los sueldos eran cada vez más pequeños, el gobierno perdía poder ante las macroempresas, las pequeñas tiendas eran consumidas por las grandes superficies. No nos dábamos cuenta, estábamos despistados viendo el futbol, bodas de otros ricos y cotilleos por la tele. Poco a poco fuimos perdiendo nuestros trabajos.

Así llegamos hasta hoy, donde ha desaparecido la llamada clase Media y somos invisibles. La avaricia de conseguir más y más beneficios ha cegado a los poderosos hasta tal punto que no han visto cómo se quedaban sin camareros que los sirvieran, sin empleados públicos a los que recurrir, sin nadie. Yo ya no vivo, sobrevivo.

Acaban de descubrir que no hay dónde gastarse el dinero. Espero que al menos se lo coman.

"El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos" de Moisés Yagües

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2 pensamientos en “Microcuento 20

  1. glub!… o como sea el sonido de los testículos ascendiendo por el cuello. Microcuento desesperanzador.

  2. LA PUERTA DORADA
    (Cuento basado en una reflexión de Sandro di lauki)

    Erase una vez un hombre que, una mañana, sin venir a cuento, decidió averiguar, de una vez por todas, que personaje oscuro manejaba los gobiernos, provocaba las guerras, el hambre, y otras tantas injusticias que él solía criticar con tibieza en los foros de discusión.

    En primer lugar decidió acercarse a preguntar donde los ricos, que estaban entretenidos contando su dinero, y en seguida se percató de que, si bien se aprovechaban del organigrama social, no estaban dispuestos a realizar el esfuerzo que supone maquinar en favor del Sistema.

    Después, por desviación familiar, fue a buscarlo en las instituciones religiosas; pero estaban de capa caída. Y se encontró que, como los autónomos de su ciudad, bastante tenían con mantener a los clientes y sus espíritus como para pensar en manejes de poder y otros materialismos. Eran otros tiempos, le reconocía el obispo mientras alisaba su túnica de Giorgio Armani. Fue entonces cuando decidió buscar en el resto de los estamentos sociales sospechosos de envilecimiento, esto es: políticos, periodistas, sindicalistas…. pero no encontraba a nadie, estaban todos donde los banqueros.

    Decidió entonces descender al mundo financiero y se encontró con un espectáculo dantesco: en una sala del tamaño de un estadio de futbol, políticos, empresarios, directores de periódicos, gerentes de multinacionales, artistas subvencionados, sindicalistas, brókeres y líderes mediáticos, participaban todos desnudos, hombres y mujeres, en una descontrolada Gran Orgía. Le costó trabajo avanzar entre brazos y piernas esquivando lametazos y los chirlazos de las eyaculaciones y llegar hasta donde un personaje inmensamente gordo, desagradable y con un enorme anillo, estaba sodomizando a un emocionado político de izquierdas.

    _Perdone, _preguntó el hombre. _ ¿Es usted el responsable de todo esto?

    El Gran Trozo de Carne, sin dejar de balancearse le respondió: ¿A qué se refiere?

    Bueno…, si es usted el que mantiene las desigualdades, las guerras, la corrupción a gran escala, las dictaduras de los países en desarrollo,…. ya sabe, la Mano Oscura.

    Y sin siquiera mirarlo señaló con el dedo amorcillado una enorme puerta bellamente tallada. Ese movimiento fue aprovechado por una joven bróker de Wall Street para besarle el anillo, que fue apartada de un brusco manotazo.

    Pero entonces _ continuó en hombre esquivando el cuerpo de la mujer rechazada_ ustedes los banqueros … ¿no son lo que ……

    El Hipopótamo Anillado, dándole un respiro al colorado ojete del rojo candidato, se detuvo y aclaró las cosas: _Nosotros estamos aquí desde siempre. Y estaremos cuando todo se vaya a tomar por culo, pero nosotros solo cumplimos órdenes, al Gran Cabrón lo encontrará tras la puta puerta de oro_, y siguió en sus quehaceres.

    El hombre se detuvo frente a la puerta. Era inmensa y brillante, y supuso que así debía ser la puerta para entrar al Cielo. La empujó y cedió con facilidad. Dentro, frente a él, estaba la persona a la que buscaba. Llevaba una ropa elegante, unos zapatos de lujo, un reloj de diseño, unas gafas donde podía leerse el nombre de un conocido diseñador y, de su bolsillo, asomaban las llaves de un coche de alta gama. Al principio sintió pánico al descubrir que era un simple espejo, pero fue un momento de debilidad, en seguida lo comprendió Todo. Él necesitaba todo eso, y si el Sistema le permitía a él disponer de esas y otras comodidades, funcionaba, y era el adecuado. Comprendió que las miserias del mundo eran efectos colaterales de su propia felicidad y descubrió que, con un ejercicio de concentración adecuado, podía convertir a los hambrientos que fabricaban la seda de su elegante camisa en miserables delincuentes. Comprendió que el primer paso era transformar el compromiso en caridad, y en cuanto empezaban a dar lástima era fácil convertirla en repulsión. Al salir de la habitación lo hizo convencido que el hambre y la pobreza eran asuntos ajenos que no tenían nada que ver con él, un hombre que amaba a su familia y comprometido con su Mundo … hasta donde podía, claro está. Al dejar tras de sí la puerta, ya comprendía que él no era nadie, pero su estilo de vida mantenía a todos los mierdosos que lo rodeaban, ahora mas cercanos, y una sensación de alivio recorrió su cuerpo. Cuando pasó cerca del Gordo Lujurioso, y éste le rindió pleitesía, no sintió felicidad (nunca volvería a sentirla), pero si un sentimiento más controlable que, de alguna manera, ya conocía de niño: protección.

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